Historias de Horror

Cuentos de terror del escritor panameño Enrique Ceballos

En esta historia de horror, Sofía, una adolescente nos cuenta como vivió una noche de terror en su casa.

Mi nombre es Sofía, soy una chica de 16 años, me van a disculpar, pero creo que soy bonita, tengo muy buenas formas y además soy muy amable, vivo con mis padres, los cuales se fueron por un fin de semana, dejándome totalmente sola, y es aquí donde les voy a contar algo que me sucedió.

Para ese entonces, yo estaba trabajando en una tienda de víveres, quedaba cerca de mi casa, por lo que yo caminaba ida y vuelta sin problemas, solo algunos chicos del barrio que les gustaba decirme piropos e invitarme a salir, pero los ignoraba y seguía mi camino, incluso alguna veces me hacía tiempo extra y salía un poco más tarde.

Ese día regresaba en la noche a casa, como dije mis padres no estaban, y yo tenía mucha hambre, pude haber comprado algo en el camino, pero yo sabía que en casa, en el refrigerado, quedaba comida guardada, así que me apuré en llegar.

Cuando por fin llegué a casa, tenía tanta hambre que hasta me temblaban las manos, ustedes no comprenderán, pero yo sufro de hambre, nunca engordo ni nada, pero si como mucho. Lo primero que hice fue abrir la nevera, arranque un trozo de carne, pero justo cuando estaba a punto de morder, escuché un ruido que venía de mi habitación.

Realmente me asusté mucho, porque sé que estaba sola, hasta el hambre se me quitó por un momento, pero me armé de valor y caminando despacio, mirando a todos lados, me dirigí a mi cuarto, para mi sorpresa, la puerta estaba abierta, y yo nunca la dejo así.

Entonces se me puso la piel de gallina cuando me pareció ver unas sombras que se movieron rápido y desaparecieron dentro de mi armario, tal vez por estar tan asustada, mi mente no razonaba bien, porque lo mejor que se me ocurrió fue quitarme la zapatilla para defenderme, como si de algo van a servirme, e ir directamente a las puertas de mi armario.

Hay alguien allí?

Ni bien había terminado de preguntar, cuando las puertas del armario se abrieron como un relámpago y aquellas sombras salieron, dándome un fuerte golpe en el cráneo, creo que me lo fracturaron en varios pedazos, porque perdí el conocimiento.

Cuando estaba recuperando el conocimiento, escuchaba voces, cuando por fin pude abrir los ojos y empezar a distinguir los alrededores, me di cuenta que estaba amarrada a mi cama, semidesnuda, sentía como corría la sangre caliente que brotaba de mi cabeza por mi rostro.

Las voces que escuchaba, eran de dos de los chicos del barrio, esos que siempre me lanzaban piropos, se habían metido a mi casa sabiendo que estaba sola para abusar de mi, aunque estaba oscuro los pude reconocer y uno mencionó:

-Mira, aún esta viva, no se como, pero no murió como pensabamos!

-Es cierto, pero como puede seguir viva, le destrozamos el cráneo…no es posible…

Yo realmente estaba asustada, pero la sangre que corría por mi rostro, llegó a mi boca, y el hambre que sentía regresó a mí, pero con mucha más intensidad, entonces mis ojos se tornaron amarillos, mis pupilas redondas cambiaron a unas de reptil, empecé a babear y con fuerza arranque las sogas con las que me tenían amarrada, partiendo la cama en pedazos, ellos comenzaron a gritar a caerse por los suelos como cobardes, yo me levanté y en unos segundos les arranqué la lengua a los dos utilizando mis largas y filosas uñas de color negro.

Los dos se arrastraban por el piso, intentando salir del cuarto, pero yo cuando tengo hambre y me enfado, llego a medir hasta un poco más de dos metros, por lo que aunque estaba inclinada por no caber en mi propio cuarto, solo tuve que estirar una de mis 6 y largas extremidades para cerrar la puerta, lloraban y hasta creo que me querían pedir perdón, pero sin lengua yo no les podía entender nada, ni que me importara.

No me gusta ponerme así, porque pierdo toda mi belleza, incluso mi largo y hermoso cabello negro, se vuelve mucho más largo y blanco como el de una anciana, como no quiero estar así, les corté piernas y brazos, cabezas y torso hasta que ya dejaron de retorcerse en el piso, y volví a ser la niña linda de siempre.

Luego los llevé pedazo a pedazo y guardé una parte en la nevera, junto con los cuerpos y trozos de muchas personas que hemos conocido, claro yo tenía mucha hambre, así que me preparé un platillo con las cabezas de ambos en una bandeja y ya que no tenían lengua, les metí sus partes en la boca, total, y no les servía para violar a nadie.

Llamé a mis padres, y les advertí que si van a traer comida de su viaje, es recomendable conseguir una nevera más grande.

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